¡A mí el deporte! | Lo que queda del día | Blog de Jesús De Asumendi

¡A mí el deporte!

¡Hola, amiguit@s!

Los que me conocéis un poco, ya sabéis de mi afición por el deporte, por todo lo deportivo en general.

Por no tener, no tengo ni un triste chándal que echarme al cuerpo. Y en mis casi cincuenta y tres años de vida os puedo asegurar que he comenzado a utilizar calzado deportivo hace menos de diez años. ¡Y qué cómodos son, coño!

No soy bueno haciendo deporte, no me gusta. Recuerdo que de pequeño me obligaban los curas en el colegio. Y así comencé a practicar y a hacer algo de ejercicio.

Cuando mi madre decidió matricularme en los PP Jesuitas, me dijo (no sé si para animarme porque a mí ya los curas, desde pequeñito, como que no): “Nene, vas a estar muy bien. Tienes muchos campos de fútbol y piscina”. ¡Regalazo!

Pues no estuve mal. Tenía razón. Disfrutaba en la piscina, cuando tocaba. Pero los campos de fútbol ni los pisé. Siempre pensé que ese deporte era para niños sin inquietudes. Que les servía para desahogarse en los recreos. O para perder el tiempo de una manera violenta, en definitiva.

Yo, hasta para el deporte, era un poquito más inquieto. Y bastante más selectivo (o eso creía yo). Y como los curas contaban con todo tipo de instalaciones…

Primero hice judo. A mí madre le encantaba que yo hiciera judo. A mí no demasiado porque me zurraban a base de bien. ¡Pero me quedaba tan mono el traje! Aunque después de cada clase olía a tigre de bengala. El traje, mis compañeros y yo. ¡Qué duro es practicar deporte y qué mal huele!

Recuerdo que me entretenía mucho, eso sí. Y era como un juego de concentración y estrategia. Al final acabé zurrando yo también. ¡Y hasta conseguí mi cinturón amarillo/naranja! Pero me pareció una combinación tan fea que lo dejé. ¡Amarillo y naranja! ¿Dónde se ha visto? Es como el azul y el verde o como el marrón y el negro. Cuando no combina, no combina. Y punto. Mejor abandonar…

Así que comencé a practicar esgrima. Qué elegancia. Qué bonito. Qué estrategia. Qué mono iba con mi nuevo traje de hacer esgrima, todo en blanco roto.
¡Y qué malo era yo!

Bueno, os imaginaréis que los curas no permitían practicar ninguno de estos deportes con un pantaloncito de estar por casa y con una camiseta de “Frutas y verduras Tomás Sánchez”. Ni de coña.

Mi madre se rascaba el bolsillo -y mucho- cada vez que el niño aspirante a deportista de élite -o sea, yo- decidía cambiar de objetivo. En definitiva, ella quería que yo hiciera ejercicio. Y yo era un niño muy, muy, muy caprichoso. Para todo.

-“Mamá, hoy me he levantado escritor”. Al día siguiente, tenía en casa la máquina de escribir Olivetti.
-“Mami, quiero ser pianista y sacarle partido al maravilloso piano de la abuela”. Y al día siguiente, los dos estábamos dando clases particulares de solfeo.
-“Mami. Ya lo he decidido. Quiero ser bailarín”. Y sin haber terminado de explicarme, ya tenía las mallas y las zapatillas.
-“Mamá. He descubierto que el futuro está en la fotografía”. Y allí tenía mi cámara de fotos a estrenar con mi enciclopedia Planeta de la Fotografía.

Y así era yo. Y así era mi madre. Si le hubiera pedido ser corredor de Fórmula 1, ¿me habría comprado el Ferrari?. ¡Vaya! Qué tonto fui, coño.
Pero es que a mí nunca me gustó el deporte. Ni las carreras de coches, ni el fútbol, ni ná de ná.

Bueno, los que me seguís ya sabéis a qué me dedico yo cuando veo un acontecimiento deportivo: a valorar los pelos de los diferentes equipos. A partir de aquí, haceos una idea…

Sí, es cierto que puedo ver un mundial, por aquello de sentirme -o no- más español.

También, en alguna que otra edición de los Juegos Olímpicos, la ceremonia de apertura (la de clausura ya no me la calo), la gimnasia rítmica y deportiva, los saltos de trampolín, y poco más.

Aunque aquí me deje llevar por los atuendos y por cómo les quedan esos atuendos. ¡Madre del amor hermoso! Y cómo les quedan…

Puedo soportar como espectador algún partido de tenis con Nadal, y hasta me animo. Y eso se lo agradezco a mi hermano Arturo, que los veía de manera compulsiva; y como vivíamos juntos, no me quedaba otro remedio. No me quedaba otro remedio, digo, que joderle el partido con mis absurdas preguntas.

Hasta puedo ver un partidito de baloncesto también. Y acabo metiéndome tanto que termino saltando en el asiento en un par de ocasiones (no más, que me canso). Aunque luego caigo en la cuenta de que no es lo mío. Mi hermana Rosa grita, se pone nerviosa, se levanta del sofá e increpa a los jugadores. Y me encanta su entusiasmo, pero yo no lo vivo. Repito: no es lo mío.

En general, no soy ni buen deportista ni buen espectador de eventos deportivos.

Aunque a veces las circunstancias me obligan a participar o a vivirlos de cerca, como así ha sido este fin de semana. Os cuento…

En vista de que estoy esperando la llamada de la Norwegian y de que el paro no me da ni para pagar el recibo del agua, he decidido hacer trabajllos esporádicos. ¿Y qué mejor y más esporádico que poner copas? Si puedes vas. Y si no puedes, no haces daño porque siempre hay cientos de tíos más jóvenes y más guapos que yo para ponerse al pie del cañón.

Así pues, tiré de mi amigo Álvaro, un estupendo DJ que está muy bien relacionado y a los pocos días me puso en contacto con alguien. Y ese alguien, llamado Nicky, me ofreció trabajar este fin de semana poniendo copas.

¿Dónde? En el polideportivo municipal de Orcasitas.

¿Y para qué? Para ponerme las botas sirviendo cervezas sin parar a los diferentes integrantes de los diferentes equipos internacionales de rugby.

¿Y por qué? Porque este año se celebraba en Madrid la Union Cup, el torneo de rugby LGTB más importante de Europa.

La consigna: los clubes que han participado se han comprometido en sus estatutos a no discriminar por motivos de identidad de género u orientación sexual.

Los objetivos: tolerancia y respeto, en el campo de juego y fuera de él. Esa es la base para acabar con la discriminación.

Y con premisas como estas, mi primera pregunta fue: ¿dónde tengo que firmar para poder participar en este evento?

Y la segunda: ¿y encima voy a cobrar?

Y no, no tuve que firmar porque Nicky, (uno de los patrocinadores y colaboradores  del evento) contó conmigo para atender una de las dos carpas junto con los otros compañeros con quienes tuve la suerte de currar.

Ha sido una pena que el tiempo en Madrid no nos haya acompañado. Frío y lluvias.

¿Pero el rugby sería rugby si sus jugadores no estuvieran magullados y rebozados en barro? Pues no, no sería.

¡Pobres! Si más que una cerveza lo que apetecía era darles unos abracitos.

Yo me decidí por la cerveza, que uno es muy profesional.

Eso sí, como diría mi amiga Merche Rincón, a media mañana me dolían los ojos. De mirar.

Pues ahí estuve el sábado y el domingo. Además, después del evento me tuve que ir a poner copas por la noche a uno de los bares patrocinadores. Volví a casa ya de madrugada. El fin de semana ha sido realmente agotador y aunque he vuelto muchísimo más dolorido que los jugadores (eso sí, sin barro) volvería a pasar por una experiencia semejante.

Definitivamente el deporte visto así, sí me gusta. Y mucho. Nunca pensé que ganaría dinero a costa del deporte.

“Mamá, he descubierto que, a mi edad, lo que quiero ser es JUGADOR DE RUGBY. ¿Me compras algo?”

4 Comentarios

  1. Maria Antonia

    Jajajajajaja, mañana tienes en casa un balon de rugby y toda la equipacion, seguro ! Yo en cambio no veo deporte, practique atletismo en.mi epoca estudiantil, y no puedo verlo porque me pasa como a tu hermana o a Elena, no me estoy quieta, grito, insulto y no conozco ! Osea me pongo histerica, por lo tanto paso ! Pero me alegro que tu lo disfrutaras trabajando y todo, y el barro un plus, a que si ? 😉
    Besos y mas besos guapo !

  2. luisa

    Yo paso olimpicamente, prefiero mucho más ver una pelicula, aunque cuando lo comentas te miran como si fueses de otro planeta.

  3. Alicia

    Hola Jesús,
    Menuda experiencia.
    Yo estuve en el Godó la semana pasada y la hija de una amiga participaba como recogepelotas en el evento. Todo un orgullo para todos los niños que juegan allí al tenis.
    Para ella y sus compañeros la mejor parte consiste en recoger la toalla bien sudadita de manos de Nadal, Feliciano Lopez o Murray. Preciosa manera de participar.
    Bss

  4. Pues que quieres que te diga, yo me lo paso genial haciendo deporte. Sin ánimo de dar lecciones de nada creo que no hay duda de que es beneficioso no solo para la salud sino que es pura química positiva para el buen humor. No hay que darse palizas. En tu caso lo compensas con tu encanto pero aunque no lo necesites ¡anímate, anda!. Ah, y aunque no lo parezca, sube mucho la libido (a ver si por ahí te entra mejor, ja ja)

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