Audrey o la distinción personificada - Parte I | Lo que queda del día

Audrey o la distinción personificada – Parte I

¡Hola, amiguit@s!

El pasado martes, día 7 de junio, fue el cumpleaños de mi hermana. Aún no le he regalado nada, por aquello de la distancia. Aunque, como viene a verme a final de mes, tengo tiempo para que se me ocurra algo.

Me preguntó que de qué iba a hablar en mi blog y no supe contestar. ¡Estoy en crisis vital y por tanto, creativa! Vamos, que me pasan muy pocas cosas…

Y me dijo que si aún no tenía bellita para el mes de junio, que le regalara una entrada sobre Audrey Hepburn.

Y los deseos de mi querida hermana son órdenes para mí. Bueno, algunos deseos. No siempre puedo y no siempre quiero. Y esto último está estrechamente ligado a mi maldita testarudez.

Eso de: ¡cuando digo que no, es que no!”, aunque luego termine haciendo lo que me ha pedido.

¡Ay! Cómo son estas hermanas mayores…

Rosa, aquí tienes a Audrey.

Amiguit@s, os presento a Audrey Hepburn.

No quiero contaros lo que ya conocéis de ella (estoy seguro de que muchos de vosotros la admiráis tanto como mi hermana) sino esas historias que forman parte del pasado de cualquiera pero que siempre desconocemos. Aunque esas historias -en el caso de Audrey- sean tristes, muy tristes…

Quizá por este motivo me he permitido la licencia de hacerlo en dos partes. Espero que os merezca la pena. Yo ya estoy a la altura de mi hermana en cuanto a admiración se refiere.

Y aquí va la primera…

Audrey Kathleen Ruston nació en Ixelles, Bruselas (Bélgica) el 4 de mayo de 1929.

Era la única hija del matrimonio formado por Joseph Victor Anthony Ruston y de su segunda esposa, la baronesa Ella Van Heemstra, una aristócrata holandesa hija del ex gobernador del actual Surinam.

El Hepburn le viene porque su padre decidió añadir ese apellido a su linaje, apellido que pertenecía a la abuela materna de Audrey, convirtiéndose así en Hepburn-Ruston.

Respecto a la madre, era descendiente del rey Eduardo III de Inglaterra y del cuarto Conde de Bothwell, de quien curiosamente otra Hepburn (Katharine), también se consideraba descendiente.

No es de extrañar, pues, la distinción de nuestra bellita de hoy.

Debido al trabajo de su padre (era un alto cargo de una compañía de seguros británica), Audrey tuvo la oportunidad de viajar y de vivir a caballo entre Inglaterra, Bélgica y los Países Bajos.

Entre los años 1935 y 1938 Audrey estudia en una escuela privada de Kent, Inglaterra. Pero es en esta época cuando sus progenitores se divorcian y el padre, simpatizante nazi, abandona definitivamente a la familia.

Audrey consideraría posteriormente este momento como “el más traumático de mi vida”. Aún así, años después consiguió localizar a su padre en Dublín gracias a la colaboración de la Cruz Roja y desde entonces permaneció en contacto con él y lo apoyó económicamente hasta el día de su muerte.

En 1939 se traslada con su madre y sus dos hermanos (nacidos del primer matrimonio de su madre) a la casa de su abuelo en Arnhem, Holanda, pensando que era un lugar seguro para evitar al ejército nazi. Durante los años posteriores, y hasta 1945, Audrey estudia piano y ballet clásico en el conservatorio mientras lo compagina con sus estudios escolares.

Con el fin de evitar revelar sus orígenes ingleses en plena II guerra mundial, la madre la re bautiza como Edda Van Heemstra, casi como se llamaba ella misma. Y le obliga a hablar en holandés. Audrey ya dominaba el inglés, el francés, el holandés y el italiano. Hablaba un poco de alemán y otro tanto de español.

Preparada como estaba para ser una buena bailarina, la guerra hizo estragos en su constitución física. Aunque seguía bailando de manera secreta. Y el dinero que recaudaba lo donaba a la resistencia holandesa. Ya era mujer política y humanamente comprometida.

Como comentaría años más tarde: “Fue el mejor público que he tenido nunca. No emitía ni un solo sonido al terminar mi actuación”.

Con el famoso desembarco en Normandía el Día D, las cosas en Holanda empeoraron drásticamente y los alemanes confiscaron los alimentos y el combustible de la mayor parte de la población holandesa. Sin comida ni calor, la gente moría de hambre y frío.

Audrey, para sobrevivir, decidió hacer harina a partir de tulipanes para poder cocinar galletas y tartas.

Varios familiares cercanos fueron fusilados por ser miembros de la resistencia. Uno de sus hermanos fue capturado y trasladado a un campo de trabajo.

Debido a las carencias alimenticias, Audrey sufrió de anemia y de problemas respiratorios.

“Tengo recuerdos… Recuerdo estar en la estación de tren viendo cómo se llevaban a los judíos, y recuerdo en particular a un niño con sus padres. Un niño muy pálido, muy rubio, usando un abrigo que le quedaba muy grande, entrando en un tren. Yo era una niña observando el destino de un niño”, dijo muchos años después cuando ya estaba dedicada en cuerpo y alma a sus labores humanitarias en UNICEF.

Audrey percibió las semejanzas entre ella y la tristemente famosísima Anna Frank. Ambas tenían la misma edad y ambas habían vivido la guerra aunque con diferentes desenlaces: “En 1947 leí su diario y me destruyó. Era mi propia vida. No he vuelto a ser la misma, me afectó profundamente”.

Aún así, Audrey tuvo tiempo de vivir su infancia como pudo, con algún momento agradable. Y estos momentos se sucedían cuando ella hacia una de las cosas que más le gustaba: dibujar. Eso le hacía feliz.

Afortunadamente para ella, el país fue liberado por las fuerzas aliadas. Ella contaría más tarde que pudo comerse un bote de leche condensada entero, y que por este motivo cayó enferma debido a un exceso de azúcar.

Todas sus tristes y trágicas experiencias de niña durante ese periodo vital tan cruel y sangriento, contribuyeron a que Audrey permaneciera toda su vida -hasta el final de sus días- al lado de UNICEF.

Cuando finaliza la guerra se muda a Amsterdam y continúa con sus clases de ballet. Tres años después, en 1948, se traslada a Londres donde sigue con sus clases de la mano de la reconocida Marie Rambert (profesora de Nijinsky, uno de los mayores bailarines de la historia), quien le dijo que su elevada estatura para ser bailarina y su extrema delgadez a causa de la malnutrición durante la guerra, no le iban a permitir un futuro halagüeño como primera bailarina.

Audrey, por aquel entonces, tenía una amiga con quien se comunicaba únicamente por correspondencia. Se llamaba Paula López, también era bailarina y ya se había iniciado en el arte de la interpretación. Curiosamente, con un trabajo titulado “Aperitivo con diamantes”, el cual inspiraría a Truman Capote para su futura “Desayuno con diamantes”, uno de los films más celebrados de la Hepburn.

La economía familiar ya no le permitía continuar con sus estudios de ballet y, necesitada de dinero como estaba, decidió ponerse a actuar. En definitiva, la profesión de actriz estaba mucho mejor pagada que la de bailarina.

Audrey abandonó la danza pero la danza nunca la abandonó a ella. Además del hambre durante la guerra, se sumó la disciplina del ballet clásico, por lo cual se volvió casi anoréxica. Tal y como confirmó uno de sus compañeros en “Desayuno con diamantes”, el español Jose Luis de Vilallonga: “Sus almuerzos no pasaban de un ala de pollo y una hoja de lechuga”.

Comienza a actuar en musicales de teatro y a interpretar pequeños papeles en pequeñas películas, que le sirvieron para adquirir la suficiente soltura como para poder convertirse en la actriz en la que se convirtió en un periodo tan corto de tiempo. Aunque es justo reconocer que su protagonista en el musical de Broadway “Gigi” -el cual le proporcionó el premio mundial de teatro y la mantuvo seis meses en los escenarios- fue decisivo para lo que le esperaba…

Su descubrimiento y reconocimiento internacional estaba cada vez más cerca. Le reportaría su primer y único Oscar. Y se llamaba “Vacaciones en Roma”…

(Continuará…)

2 Comentarios

  1. Maria Antonia

    Me encanta esta actriz, tan fragil, delicada, elegante, dulce ….. maravillosa. Animo en tu crisis vital , besos 😉

    • El De Asumendi ese
      El De Asumendi ese

      Una mujer maravillosa, si. Me encanta que te encante.
      En ello estoy, Maria Antonia. Es que estoy corto de tiempo siempre. Demasiadas cosas.
      Un besazo.

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