Mi gran vida griega - Segunda Parte | Lo que queda del dia

Mi gran vida Griega – Parte II

¡Hola, amiguit@s!

Como la experiencia griega de finales de abril y principios de mayo no había sido tan mala y en vista de que ya tenía nuevos y muy variados temas para no parar de discutir, el pasado junio decidí comprarme un billetito para visitar territorio helénico.

Por supuesto, me ayudó muchísimo el hecho de sentir una seguridad aplastante con el idioma. No sólo sabia contestar “alizós anesti”, no. Es que también sé saludar y preguntar: “¿Tí kanis?” (¿Cómo estás?”) Y si a esto, además, le añades un buen “agapi mou” (amor mío) después, la cosa es más que probable que vaya sobre ruedas. ¡Gracias, Ana Belén, por enseñarnos a los españoles como se decía “Amor mío” en una época en la que no nos interesaba aprender idiomas! A mí, después de muchos años, me ha sido de una utilidad que te cagas.

Pues eso, que me hice con un billetito mono y gracioso. Mono, porque es de color amarillo y el amarillo en verano es el ultimo grito y eso Vueling lo sabe. Y gracioso porque donde pongo el ojo, pongo la bala y Vueling tuvo problemas con sus vuelos justo una semana antes de que yo volara, así que no supe que me iba de vacaciones hasta dos días antes de que esto sucediera. Además, con el agravante de que como quise ahorrarme unos cien euritos, decidí volar desde Barcelona. Y el horario es comodísimo: 23:59 Hrs. Aunque el de la vuelta lo es aún más: 04:20 Hrs. Bonita manera de empezar a disfrutar de mis días libres… Eso sí, durante el vuelo tuve tiempo suficiente para pensar en motivos dignos de ser discutidos. Bueno, uno tiene que ir preparado a los viajes, ¿no?

No era la primera vez que visitaba Grecia, de hecho he estado en bastantes ocasiones: Atenas, Rodas, Santorini,…

Pero la primera vez que lo hice, lo hice muy bien acompañado por mi amiga Luchy. Fuimos a pasar una semanita a Mykonos en junio de 1989. Y todavía nos reímos recordando cómo la primera noche Luchy terminó con unos calzoncillos en su bolso. No, no penséis mal. Los calzoncillos pertenecían a un aspirante a moderna y controvertida que intentaba ser aún más moderna y mucho más controvertida llevando unos pantalones con los laterales transparentes. Como Luchy para los estilismos es muy suya, le aconsejó quitárselos (los pantalones, no. Los calzoncillos) El aspirante a moderna no lo dudó. Y terminaron en el bolso de mi Luchy porque el muchacho nunca se acordó de volvérselos a pedir. Se sentía tan libre… Es lo que tiene ser aspirante a moderna y controvertida. ¡Ah! Se me olvida deciros que esa primera noche, según pedía en la barra nuestras copas, perdí momentáneamente a mi amiga. La encontré desenfrenada bailando sobre un podium con el aspirante a moderna controvertida y su partenaire. ¡Esa es mi Luchy! Ella, en su salsa. Como es tercio griega, tercio venezolana, tercio vasca,…

Bueno, que me desvío del tema. Que aterricé en Thessaloniki alrededor de las 4 de la madrugada, muy buena hora. Y allí estaba Yorgos esperándome, con unas ganas locas de discutir, que es nuestro equivalente a unos buenos abrazos de bienvenida. ¡Aquello prometía!

Como era muy buena hora y con el fin de hacer tiempo hasta que llegara el bus que nos trasladara a la ciudad, nos fumamos unos pitillitos y nos tomamos unos cafés con una especie de empanadilas de queso y espinacas por tan sólo 20 euros. ¡Me cago en los aeropuertos internacionales! ¿Quién regenta los restaurantes, Alí Babá y sus cuarenta mejores amigos? ¡Qué huevos tienen!

Me consuela saber que, aunque pagase la cuenta Yorgos, ya teníamos tema de discusión. Eso sí, a generoso y manirroto, no hay nadie que pueda con él.

En la parada del bus había un señor esperando y al ver que no soy rubio, decidió hacerse el monólogo conmigo. Supongo que confundiéndome con un griego.  ¿Moreno y fumador? Tiene que ser griego, pensaría él. Oye, no entendí ni una palabra. Y es que ni siquiera tuvo la delicadeza de llamarme “amor mío”, ni de saludar, ni de preguntarme cómo estaba. Yo tuve la irrefrenable tentación de decirle, repentinamente, “alizós anesti”. Pero le hubiera cortado el rollo y la Semana Santa quedaba pelín lejana…

El autobús nos trasladó muy cerca de nuestro estupendo hotel de cuatro estrellas: el Capsis. Lo había reservado Yorgos. Lo dicho: generoso y manirroto. Allí dormimos hasta que se hizo de tarde y nos fuimos a dar unos paseos por la ciudad. Después de ver y ver y ver, decidimos meternos en el emblema de la ciudad: la Torre Blanca, que es la torre que ilustra la entrada de hoy. Un edificio/monumento bautizado con ese nombre debido a que cuando fue penal, uno de sus presos obtuvo la libertad por pintárselo enterito de blanco. Salió libre, sí. E intuyo que un poquito agotado de tanto brochazo. Lo que no entiendo es cómo no salió muerto. ¡Si yo pinté hace unas semanas el marco de una ventana y aun no me he recuperado del trance!

Interesante, muy interesante.

Decidimos continuar con la tarde cultural así que nos fuimos a pasar un par de horas al museo arqueológico de Tesalónica. Esta vez, sin palabras. Bajo mi punto de vista, caro. Pero mereció la pena. Es absolutamente IMPRESIONANTE, aunque el edificio por fuera sea un poquito pavoroso. Pero si los griegos no tienen para hacer un museo semejante, ¿quién lo tiene en el mundo? Bueno, digo sin contar lo que sustraen o compran los norteamericanos y los británicos…

Aprovechamos el museo hasta la hora del cierre y nos fuimos a dar más vueltas para hacer un poco de tiempo antes de ir a cenar algo. Después de ponernos la botas, fuimos a tomar un cafetito frente al mar desde donde ya publiqué una foto en el FB que se convirtió en trending topic en cuestión de minutos. ¡Tengo un tirón!

Y después del cafetito, cuando ya habíamos decidido irnos de vuelta al hotel, a Yorgos se le ocurrió la feliz idea de coger un barco por la noche y tomar un par de cervezas mientras nos daba una vuelta. Otra experiencia absolutamente maravillosa. Cuando Yorgos no discute, está lleno de buenas ideas…

Fue bonito ver la ciudad desde muchos metros más allá de la costa. Sería maravilloso poder decir desde alta mar, pero ya imaginareis cómo son esos paseitos en barco de a diez pavos la cerveza. Oye, para ser Grecia ni tan mal. Porque, además nos “obligaban” a consumir otra, dado que nos invitaban a la segunda. Y la cerveza y yo somos un sólo ser. No puedo negarme.

Cuando tocamos tierra de nuevo, nos fuimos caminando hasta el hotel en un tremendo e interminable paseo. Evidentemente, caímos exhaustos.

Ya era martes y habíamos decidido tomar el autobús que por la tarde nos llevaría a Komotiní -la ciudad donde vive Yorgos- dado que él debía trabajar desde el miércoles. Así que, cuando nos levantamos, decidimos ir a desayunar para, posteriormente, visitar el museo judío. Yo tengo esa manía de visitar y ver todo lo que tenga que ver con judíos, aunque luego lo paso fatal. Me ocurre con las pelis y me sucedió también cuando, aprovechando uno de mis dos viajes que he hecho a Polonia, se me ocurrió ir de visita a Auschwitz. ¡Que a buenas horas! Aunque supongo que también hay que entender el horror, aunque nos cueste.

He de decir que me decepcionó un poquito, sólo un poquito. Aunque me gustó verlo.

Tras el museo, volvimos al hotel con el fin de coger nuestro equipaje y desplazarnos a la estación de autobuses donde íbamos a tomar el que nos iba a llevar a una ciudad para mi desconocida pero -como ya os he dicho- el hogar de Yorgos: Komotiní. Como dice la Wikipedia: capital de la periferia de Macedonia Oriental y Tracia y la unidad periférica de Ródope.

Demasiada periferia, francamente…

Fue un trayecto de tres horas con parada incluida y, la verdad, me sentí como en el mismísimo ALSA. Debe ser eso lo que también tenemos en común con los griegos. Los buses y los baretos de las paradas intermedias…

¡Hasta pronto, Salónica!

¡Hola, Komotiní!

(Continuará…)

2 Comentarios

  1. Dompy

    Le has dicho a yorgos que cuando nos invita a tus queridos amigos a pasar unos diitas en su pueblo? Jijiji

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