Fabulosa noche de Fado (I) | Lo que queda del dia
viaje a lisboa

Fabulosa noche de fado (¡y sin enfado!) – Parte I: El cilantro o culantro

¡Hola, amiguit@s!

Ya ha pasado el puente y se ha llevado con él unos inolvidables días en Portugal, concretamente en Lisboa y en Sintra. Tampoco nos daba tiempo para mucho más.
La compañía ha sido superior: mi hermana Rosa, mi Luchy y Fernando, otro amigo.

Ha sido un viaje verdaderamente productivo y, definitivamente, divertido. Aunque también agotador. Y…
¡¡¡EXCLUSIVA!!! He madrugado todos los días. (Si, sin ganas. Pero para estar a la altura de las circunstancias).

Antes de contaros la que me ha parecido la anécdota más divertida y entretenida de cuantas hemos vivido allí a pesar del poco tiempo del que disponíamos, vaya por delante deciros que adoro Lisboa, desde que hace ya muchos años la visité por vez primera.
Los que la conocéis, sabéis perfectamente por qué la adoro y los que todavía no habéis tenido la suerte de poder pasar ni un solo día allí, os recomiendo que lo hagáis en vuestras próximas vacaciones.

Lisboa no tiene desperdicio: su fantástica gente, sus maravillosas calles, sus acogedores barrios, sus construcciones únicas, sus románticos tranvías, su exquisita gastronomía, su melancólica música (yo adoro el fado) y esos olores y sabores especiales que sólo las ciudades como Lisboa son capaces de ofrecerte.

Todos ellos, por sí mismos, motivos más que suficientes para que una ciudad te enamore. Que es lo que me pasa a mí, que me tiene fascinado.

¿Y qué deciros de esa otra maravilla de villa portuguesa declarada por la UNESCO patrimonio de la humanidad en el año 1995? Mejor vais a Sintra y lo experimentáis, porque es toda una experiencia. Prefiero no desvelaros nada. Tan sólo deciros que es de obligada visita si tenéis en mente visitar Portugal.

Pero lo que quiero contaros, con todo mi cariño y un inmenso respeto, es la anécdota que tuvimos la suerte de vivir el domingo pasado, día 6, estando ya en Lisboa.
Allá va…

Nuestro afán de visitar sin parar nos llevó a coger varias veces el tranvía número 28, el cual tiene una ruta de lo más interesante por el centro de la ciudad. Curiosamente, los fines de trayecto varían. Así que, unas veces nos echaban (literalmente) del tranvía en un lugar y otras lo hacían en otro diferente. Pero aprovechábamos para patear y callejear.
En una de esas bruscas echadas por parte de los diferentes conductores y conductoras, nos vimos en una zona llamada Mouraria, de apariencia típica e interesante.
Pero los cuatro nos hacíamos unos pises horribles y decidimos entrar al barecito más cercano a la parada donde nos habían despedido de nuestro amado 28 para poder hacer uso de su WC y, de paso, tomarnos unos aromáticos, excelentes y baratos cafés de sesenta céntimos. (¡Qué cosa más rica!)

La primera en entrar al lavabo fue mi hermana, quien descubrió el cartel de la foto que hoy ilustra esta entrada y quien salió haciéndonos preguntas mientras se moría de risa. Por supuesto, hizo foto. Y el resto de nosotros, según fuimos entrando también,

A todos nos pareció normal el hecho de que nos avisaran de no tirar por el escusado los preservativos o los tampones. Incluso los bastoncillos (si es que alguien aprovecha esas cortas visitas a los lavabos de los bares públicos para sacarse petróleo de los oídos) pero nos llamó la atención lo de no arrojar tubos vacíos de pasta de dientes o, más aún, ¡lo de las raspas de pescado!.
Y entonces, ya imaginábamos a alguien sentado allí mismo, en la taza, comiéndose una ración de “sardinhas” y echando los restos en el water. ¡Qué ambientazo y qué cómodo para zamparse una ración de pescado! Bueno, eso si: el olor siempre te va a acompañar. Digamos que para el pescado, muy ad hoc.

Tras las risas, aprovechamos para preguntar si había algún local por esa u otra zona en el que pudiéramos escuchar fado en directo y nos mandaron a un restaurante muy cercano llamado “María da Mouraria”. Y allí estábamos en menos de cinco minutos.

Entramos y una señora preparaba las mesas para esa misma noche. Había que haber reservado a priori porque estaba repleto. La idea era degustar una fantástica típica cena portuguesa mientras te regalaban el oído con unos fados. Tras poner caritas de pena, rollo gato de Shrek, la señora decidió hacer unos cambios y nos confirmó una reserva para las ocho y media de esa misma tarde. Además, nos había preparado una mesa ideal para cuatro delante de una ventana y justo al lado de lo que ella consideraba el escenario donde actuarían tanto músicos como cantantes. O sea, dos sillas en un espacio de un metro cuadrado. Allí es donde se sentarían los músicos y allí intentaría ponerse el o la cantante de turno.

Tras hacer algo de tiempo por el mirador de Luzia (espectacular) cogimos un taxi de vuelta en dirección al restaurante “Maria da Mouraria”.
Y ya había gente: dos extranjeras con pinta de nórdicas sentadas en una mesa para diez comensales (¡mira qué cómodas ellas, oye!) y dos matrimonios divertidísimos con aspecto centroeuropeo (aunque ellos se lo pasaran mejor con nosotros que nosotros con ellos).

Cuando nos llegó el momento de pedir, mi hermana Rosa y mi Luchy ya se estaban quejando de la espantosa corriente que se filtraba por la ventana delante de la cual ambas estaban aposentadas. Las dos, que son muy resueltas para sus cosas y en vista de que la explicación a semejante corriente fue: “Es que es una construcción antigua y se filtra el frío por las ventanas”, decidieron crear su propio estilismo. ¡A tomar por culo la decoración! Cierre de cortinas con un poquito de peso sobre el sobrante para que no se filtrara nada de nada.
¡No son ellas nadie!

Llegó el momento de pedir -como digo- bebidas y comidas. Y nos decidimos por bacalao a la brasa, pulpo a la brasa y filetes de “porco preto” (cerdo negro). Todo para compartir, como buenos amiguitos.
La gente seguía entrando y a la señora (desde ahora llamada “la camarera pendenciera”) comenzaba a desbordarle el curro. Pasaron mas de cuarenta minutos desde que nos trajeron las bebidas hasta que nos sirvieron la comida.
No obstante, antes de confirmar los platos elegidos por consenso, hicimos una sola pregunta, muy sencillito: “¿Algunos de los platos que hemos pedido lleva cilantro?”

Y ella, cada vez más desbordada pero muy segura de sí misma contestó:
– “No, ninguno lleva… (y nos dijo cilantro en portugués, pero ya no recuerdo como era)

– “Perfecto”, dijimos nosotros, que esta vez nos habíamos creído muy astutos porque ya estábamos comenzando a hartarnos de que el sabor de cualquier plato que hubiésemos comido hasta ese momento hubiese quedado destrozado por el dichoso cilantro.

Fernando y yo no teníamos cubiertos, así que tuvimos que comenzar a comernos los entrantes (no los pides, te los ponen y te los cobran si te los comes. ¡Con cilantro, claro!) con las manos para no desbordar a la camarera pendenciera. Quien, por cierto, llevaba un peinado entre Dora Exploradora y Edna, la diseñadora de “Los increíbles”.

Después de un buen rato llegaron el pulpo y el bacalao y efectivamente no los habían cocinado con cilantro, aunque alguien en la cocina se había encargado de echar un puñadito bastante curioso de esta nuestra ya odiada hierba sobre los platos, con el fin de darles un toquecito de sabor.

¡Ay, amiguit@s! Cuando a una hierba, además de cilantro, se le llama “culantro europeo” por algo será… ¡Porque da por culo que te atoras! En Europa o donde se tercie.
(Continuará…)

6 Comentarios

  1. José Ferraz

    en português és “cuentros”…

  2. Maria Antonia

    Jajajajajaja, muy bueno los ” cuentros en la tercera fase “. Pero volviendo al relato, no solo me apetece muchisimo ir a Lisboa y Sintra, cada vez que cierro los ojos veo a Dora exploradora o la camarera pendenciera cantando fados y echando cilantro hasta en el vino y me parto de risa ! Pronto la continuacion, porfa. Besitos

  3. tu Luchy

    Yo ya desayuno café con cilantro (espolvoreado)

  4. jejejjeje. Con lo rico que es el Cilantro!!!

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