Quién supiera escribir | Lo que queda del dia

¡Quién supiera escribir!

¡Hola, amiguit@s!

No, no os voy a recitar el archiconocido poema del escritor asturiano que da título a la entrada de hoy, no. Es que me encantaría saber escribir. Me refiero a escribir bien, a poder desarrollar una historia con unas cuantas pocas palabras. ¡Es tan difícil!


Yo escribo como hablo, o sea, mucho. Pero soy así, me gusta extenderme en los detalles. Eso es quizá debido a que, algunas veces, la historia que tengo que contaros no es del todo buena, y necesito adornarla. En cambio otras veces, cuando la historia es buena, se sostiene por sí misma.
Pero incluso en esas ocasiones, me gusta adornarla y eternizarla. ¡Soy así! Y ni puedo ni quiero evitarlo.

Muchas veces, los pequeños detalles ayudan a comprender el desenlace. De otra manera, uno corre el riesgo de que los que te leen o te escuchan, se queden con cara de culo. Y -lo que es aún peor- se hagan o te hagan la fatídica y breve pregunta que consiste en un simple: “¿Y…?”.

Me consuela saber que hay otros que cuentan historias interesantes, pero lo hacen tan mal que al poco de comenzar a escuchar o a leer, ya has desconectado y perdido la atención completamente.

¿Y qué es mejor? ¿Una buena historia mal contada o una mala historia bien contada? Pues para todos los gustos, supongo…

¿Y por qué os cuento esto? Pues me alegra que me hagáis esta pregunta. Y no tengo ningún inconveniente en contestaros. De hecho, lo voy a hacer de inmediato.

Hoy he vuelto a reparar que en el tablón de mi cocina, lleno de porquerías y arrugado como una pasa, había un recorte de periódico que guardé hace mas de seis años. En él aparece un relato corto, ganador de la segunda edición de un certamen de microrrelatos. Lo he leído ya en infinidad de ocasiones y siempre pienso lo mismo: ¿cómo puede haber tanta enjundia en tan pocas palabras?
Honestamente, a mí me parece de un mérito inmenso.
¿Cuánta imaginación puede llegar a tener una persona para sintetizar de este modo una historia y conseguir mantener tu interés hasta el final?
Definitivamente, es un don. Al menos, para mí lo es:

“Entonces reconocí la mirada de la fotografía. Era aquel cerdo del callejón. El policía asintió con la cabeza y le dio el retrato a otro agente.
– ‘Dicta una orden de busca y captura’, le dijo.
A la semana siguiente, me llamaron para una rueda de reconocimiento. Me pusieron tras el cristal y entraron cinco hombres.
– ‘¿Cuál de ellos lo hizo?’, me preguntaron.
Dudé un instante, pero después de examinar los ojos de todos lo tuve claro: ‘El de la camisa azul’.
A los otros cuatro los soltaron, pero yo seguí al del jersey rojo hasta su casa. Saqué las tijeras y le dije: ‘¿Te acuerdas de mí?”.

¿No os parece brutal? Pues a esto es a lo que me refería.

Claro, que intuyo que si yo escribiera así, muchos de vosotros os quedaríais con ganas de más. Sobre todo, los que me conocéis y -además de leer lo que escribo- me imagináis contándooslo.

Y lo mas importante: que yo no tengo capacidad de síntesis. ¿Qué le voy a hacer?
Así que os toca aguantar florituras, pensamientos en alto y detalles sin importancia que adornen la historia. Y como veo que funciona y soy cómodo por naturaleza, de momento me quedo como estoy.
Además, os garantizo que no me he planteado ningún sillón en la RAE. Si acaso, una sillita de playa en alguno de los pasillos de la academia.

Pero esto no quita para que me interese el arte de contar historias cortas en las que uno pueda montarse su larga y gran película. Y navegando por las insondable mareas de internet, he descubierto unas joyas que hacen que la historia de la rueda de reconocimiento que os acabo de contar, parezca “El Quijote”. Por lo extensa, digo…

A ver qué os parecen:

– “Ayer me dijeron mis padres que yo era demasiado mayor para un amigo imaginario y que tenía que dejarlo ir. Encontraron su cuerpo esta mañana”.

– “No puedo moverme, ni respirar, ni hablar ni oír, y está muy oscuro todo el rato. Si hubiese sabido que la soledad era esto, hubiera preferido la incineración”.

– “Mi hermana no deja de llorar y de gritar en mitad de la noche. Visito su tumba y le digo que pare, pero no me hace caso”.

– “Beso a mi esposa y a mi hija antes de irme a dormir. Cuando me despierto, estoy en mi habitación acolchada y las enfermeras me dicen que sólo fue un sueño”.

– “Mi hermana dice que mamá la mató. Mamá dice que yo no tengo ninguna hermana”.

– “Cuando estás completamente solo, imagina que estás escuchando algún sonido. Cuando dejes de escucharlo, sabrás que has sido descubierto…”.

Terroríficas, ¿no? ¿Cómo es posible decir tanto con tan poco?
Insisto: un arte.
Ya veis. Me fascino con cualquier cosilla. Debo ser un simple de mucho cuidado…

Hoy me voy a despedir de vosotros con tres historias más. Seguro que os encantan y hasta os aficionáis al maravilloso mundo de los microrrelatos. Para mí, que -como muchos de vosotros sabéis- no me gusta leer, son mi tabla de salvación.
Ahí van:

– “Ninguno terminamos Derecho. Pero es que nosotros no perseguíamos justicia sino las piernas de Marina. Juan se sentaba en la última fila y yo en la primera. Mientras él procuraba meterle mano, yo prestaba a Marina mis apuntes. La noche que los vi besándose, no pude soportarlo más y todo el peso del Derecho Romano cayó sobre el cráneo de Juan repetidas veces. Nadie quiso defenderme hasta que una mañana se abrió la puerta de mi celda. No necesité levantar la cabeza para reconocer esas piernas. A ella, estaba claro, le gustaban los chicos malos”.

– “Nos revolvía el pelo con cara de contento pero aquella noche me hice a un lado y le ofrecí mi mano, como los hombres. Si quería revolverles el pelo a Toni y a Clarita podía hacerlo, pero yo había cumplido ya once años y, desde que murió papá, era el hombre de la casa. El tipo me miró a los ojos y me estrechó la mano. Lo acompañé a la salida y después me acerqué a la puerta entornada de la habitación de mamá y la vi semidesnuda, guardando unos billetes en la mesilla. Cerré la puerta sin hacer ruido y fui a acostar a los niños”.

– “Al menos, para las mujeres, tiene mejor gusto. Siempre nos preocupamos por educarle el sentido de la belleza. De Platón a Schopenhauer, le inculcamos que no hay que mirar para comprender sino para ver. Que no hay que preocuparse por el hecho sino contemplar la esencia. Pero nuestros esfuerzos resultaban baldíos. El primar animal que trajo a casa fue una boa constrictor. Luego se decantó por aquellos repugnantes escorpiones africanos. ¿Dónde vería el esplendor de la forma, la armonía, el órden,…?
Hoy, al fin, ha empezado a demostrarnos su aprendizaje: la chica que ha enjaulado en el sótano es una rubia despampanante. Verdaderamente, una delicia para los sentidos”.

Y tengo muchos más…

¡Hasta el lunes, amiguit@s!

9 Comentarios

  1. Cristina Alises

    No están nada mal, tienen su aquel, ese dejarte con ganas de más… intentar imaginar que sucedió antes, que pasó después… Pero también están tus formas, tan divertidas, tan irónicas, tan tú, de contar historias. No te cambio, Jesús, en la variedad está el gusto, y tu me encantas! Besos.

    • El De Asumendi ese
      El De Asumendi ese

      Pues ni te imaginas tú a mí, Cristina. No puedo, ni debo, ni quiero apartar de mí la ironía.
      Es una de mis señas de identidad. Y-entre nosotros- ¡me encanta!.
      Besazos.

  2. Eduardo

    No olvides Jesús que el fondo tiene que ir acompañado de la forma. A mí me gusta tu forma algo barroca, que no decadente o antigua, de escribir. ¡Sigue así!

  3. Maria Antonia

    Sabes que pienso ? Deberias intentarlo, creo que te sobra ingenio y talento para sacar adelante un buen libro. En serio, porque no ? Besos y achuchones

    • El De Asumendi ese
      El De Asumendi ese

      ¿Sabes qué pienso yo, Maria Antonia? Que tú me quieres bien. Y me encanta que así sea.
      Besazos y achuchones de vuelta, tipo boomerang.

  4. Pilar

    Siempre te lo he dicho. Se te da bien, sabes comunicar y tienes muchos fans. Yo una de ellas. Besos.

  5. Roberto

    Pues es un arte, sí. Pero también es un arte muy difícil hacer reír a la gente y entretener de la forma que tú lo haces, artista!!

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