Un dia cualquiera | Lo que queda del dia

Un día cualquiera

¡Hola, amiguit@s!

Nunca pensé que llegaría a escribir algo semejante, pero hoy no tengo más remedio que hacerlo:
“Estoy hasta los huevos de la Streisand”. ¡Ea, ya lo he dicho! Ya me lo habéis sacado. Eso os pasa por preguntar.

A ver, que no me refiero a mi idolatrada, admirada y venerada Barbra Streisand, no. Esa -de momento- no me proporciona ningún quebradero de cabeza.
Me refiero a esa otra que tengo metidita en su fanal. El cual como muchos de vosotros ya sabéis, encontré en una tienda de imágenes religiosas y variadas hostias sagradas todavía sin consagrar.

Pues ahí está adornando mi comedor, sobre la mesa. Escoltada por dos candelabros de colorines en los que nunca prendo las velas. También de colorines, claro.

Todos los días levanto la campana de cristal para que se oree el vestido y pueda respirar un poco. Es que si no lo hago, se le amorata el rostro y el contraste de mis candelabros de color con el morado, no me termina de convencer.

Pero no me gusta que esté allí. Primero, porque no me luce. Y segundo porque me parece una horterada supina. ¿Una Barbie en el comedor? ¿Estamos locos o qué?

Mirad, paso por la famosa muñeca dormilona -con vestido muy pomposo- sobre las almohadas de una buena cama de matrimonio porque es muy kitsch y muy Almodovariano.
Paso también por las alfombrillas de baño de imitación de pelo animal a juego con la rayita del azulejo del baño. ¿Sabéis cuáles os digo? Esas que se ponen, una alrededor del pie del WC en forma de U, la cual hace a su vez juego con la de salir de la ducha y con la funda de la tapa de la mismísima taza del váter. Este set de tres piezas, en tono azul cielo, me pierde. Además, vuelve a ser muy kitsch también. Aunque bastante chochi.
Incluso paso por la chistera confeccionada en ganchillo para camuflar el rollo de papel higiénico. Todo a medida, como para que nadie sepa que te limpias el bienmesabe cuando terminas de hacer tus cositas. Y si la chistera lleva lacito alrededor, mucho mejor. Sigue siendo kitsch, pero como gozó de una enorme popularidad…
Y hasta paso por la gitana sobre la tele, incluso acompañada de un toro de Osborne. Porque forma parte de la cultura popular, aunque por las malditas teles planas hayamos perdido esa representación del arte patrio.

Pero por lo que no paso es por tener una Barbie en el comedor. ¡De ninguna de las maneras!

Así que, le he alquilado un trocito de pared en mi dormitorio (así, pagándome yo a mí mismo, todo queda en casa), a la izquierda de mi cama, para colocarla sobre una mini estantería.
Y he visto una muy mona, lacadita en blanco. Discretita, de tamaño reducido. ¡Y muy barata!
¿Dónde? ¡En IKEA! (Horreur)
Si, amiguit@s. Allí mismo. Se trata de la estantería LACK, a 5,99€ la pieza. No me gusta el lacadito en blanco pero mi hermana (que hace maravillas con sus cajas de sueños) me la customiza a mi gusto. Y al gusto de la Streisand, claro.

Así que, con todo el dolor de mi corazón, me voy a ver a los suecos. Claro, como este año he decidido no ir a Estocolmo, donde se celebra el próximo festival de Eurovision, me hago una tremenda excursión al otro lado del planeta para poder llegar a mi ansiada estantería. Y al no tener coche, os garantizo que tardé casi el mismo tiempo que en volar a la capital sueca. ¡Qué fatalidad!
Una vez allí, pensé que el largo viaje merecería mas la pena si compraba un par de cosillas más.
Así que, después de noventa minutos dando vueltas sobre mi propio eje (he visitado clínicas mentales donde te vuelves menos loco que en IKEA) salgo cargado hasta arriba con el mueblito GNEDBY, el sistema de luces halógenas DIÖDER, cinco tubos de caviar sueco (¡me priva!) y la estantería PERSBY. Pero sin la LACK. Soy tan cretino que al final no la compro. Y no me preguntéis, porque mato.

Y así, de esas guisas, cargado con unos veinticinco kilos de peso, pareciendo un funambulista (el mueblito GNEDBY tiene más de dos metros de alto) y con una bolsita de cincuenta céntimos en la que guardo los caviares y los demás artículos, intento volver a casa. Periplo de vuelta. ¡Más horreur!
Es que estoy muy débil para cargar. Como soy un tirillas y, encima, no he comido…

Tengo tentaciones de abrir uno de los caviares y que sea lo que Dios quiera pero opto por un pitillito, que parece que quita más el apetito.
De manera que dejó mis cosas aparcadas y me dispongo a fumar cuando de repente…

“¡Tilín, tilín!”. ¡No puede ser! La campaña de una de mis aplicaciones guarronas suena. Me puede la curiosidad y miro el mensaje. Es muy tierno. Me pregunta: “¿Qué tal de rabo, tio?”. Y yo, mirando mis veinticinco kilos apoyados en la pared y ante semejante perspectiva, le contesto: “Muy bien, tio. Tengo uno”.
¡Y va y me bloquea, el gilipollas! ¿Qué esperaba que le contestase? ¿Siete rabos, como los siete magníficos?

Termino mi pitillo y me encamino hacia el metro. Aún me queda un paseo considerable. Voy como los porteadores de un safari en Kenia. Y llego. Sin resuello pero llego.
Recorro el interminable pasillo y bajo las interminables escaleras y me meto en mi vagón con los más de dos metros de GNEDBY. ¡Tela!
A mi lado se ha sentado una muchacha que decide aprovechar el viaje para maquillarse un poco. Disculpadme, chicas. Será porque soy tío, pero si ya me parece complicado lo de maquillarse en circunstancias normales, hacerlo sentada en un vagón, con una mano sosteniendo un mini espejo y con el agravante del traqueteo del tren, la tarea se me antoja una misión imposible.
Pues no. Queda la mar de mona. Y digo yo que debe tener una cita importante porque la muy CERRRRRDA, se saca un rollito de hilo dental y se trabaja la boca entera. ¡En público! ¿Se puede ser más marrana? Bueno, por poder sí se puede. Pero no se debe, ¡coño!.

Ya se me ha quitado el hambre.

Después de presenciar semejante panorama y tras quince paradas de metro, llego a Antón Martín, la mía. Y pienso, mientras subo todos los tramos de escaleras del metro, que aún me quedan los tres pisos sin ascensor hasta llegar a mi casa.
Y es en ese momento cuando comienzo a cagarme en el DIÖDER, en el GNEDBY, en la PERSBY, en los cinco caviares, en Ingvar Kamprad (fundador de IKEA) y hasta en la mismísima Streisand.
La replica bajo el fanal, no. En la verdadera.

¡Ah! Perdón. Y ya que estoy en la calle, todavía me paro a comprar una barra de pan. Por si se me pasa el efecto hilo dental de la CERRRRRDA del metro.

Por fin en casa. ¡Hogar, dulce hogar! Salvo las pestañas y la lengua, me duele todo. Muerto, no. Estoy en un nivel superior. Paso por la Streisand para ir a mi dormitorio a dejar las cosas y la miro, con un poquito de odio. Se me pasa rápido porque, en definitiva, ella no tiene la culpa de que yo quiera trasladarla. Pero creo que va a estar mejor en mi habitación, cerca de mi cama. Supongo que la pobre aún no sabe lo que va a tener que ver…
Sin comentarios.

Y cuando ya lo he colocado todo, de repente…
“¡Tilín, tilín!, ¡tilín, tilín!”. De nuevo. Esta vez vienen a pares, dos por falta de uno. Pues hoy ya no tengo cuerpo pa ná.
Y entonces me empieza a dar el ataque de risa porque dos muchachos llamados Loli y Rossy (de la República Checa y de Inglaterra, respectivamente) reclaman mi atención. Si, habéis leído bien: muchachOs, con O. En masculino.
Lo de los nombres no me lo puedo creer así que ya no leo los mensajes que luego me lían.
Decido que me voy a zampar. Y que pueden ir dando por saco a la República Checa, a Inglaterra, a Suecia, a Loli y a Rossy.
Y en hilera.

Pero esta vez no voy a ser yo…

5 Comentarios

  1. Gran post Jesús, estuve riéndome un buen rato. Es De Asumendi en estado puro

  2. Rose Molina

    Pues yo tengo dos barbies en el salón…a Marylin y a Diana Ross

    • El De Asumendi ese
      El De Asumendi ese

      ¡Anda! Conozco la de Marylin pero no sabia de la existencia de la de Diana.
      Yo, lo de los salones y comedores, todavía no me lo puedo permitir.
      Pero pensaré en ello…

  3. Roberto

    Un día cualquiera contado por ti se convierte en extraordinario :))

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