Una pareja diferente - Parte II | Lo que queda del dia
segunda entrega de historias de Historias de Victuar y Clodomira

Una pareja diferente. (Historias de Victuar y Clodomira. Y también Pepita…) – Parte II

(ver anterior artículo: Una pareja diferente. Hitorias de Victuar y Clodomira. Y también Pepita… – Parte I)

Así que, hoy a las seis en punto de la tarde, me encontraba tocando el timbre del palacete de mi amiga.
¡Como un clavo!
Victuar odia la falta de puntualidad.

“Buenas tardes, Clodomira”, -le digo amablemente nada más abrirme la puerta.

Y -como siempre- me sonríe sin decir ni mú, enseñándome una hilera de dientes blancos y perfectos y con ojos alegres, porque sé que Clodomira se aburre como una ostra y verme es lo mejor que creo que le ha pasado este mes. Además, estoy seguro de que le caigo estupendamente bien.
Aunque alguna vez me haya pillado riendo a mis anchas mientras observo perplejo los imposibles adornos de sus imposibles recogidos.
Claro, como es tan pequeña pienso que no se da cuenta pero creo que Clodomira tiene un tercer ojo. Y no me refiero a ese en el que estáis pensando, que ese lo tenemos todos y, a veces, ciego.
Los adornos de hoy son de exposición de arte precolombino. ¡Qué fuerte!

Mi amiga casi nunca recibe visitas. Dice que sólo molestan. Así que, me siento un privilegiado.
Es cierto que hace muchos años que nos conocemos. A mí me invita a merendar porque sabe que nunca como dulces (ella es muy señora y pone dulces para merendar aunque tampoco los coma), me tomo un café sin más y aguanto que me cuente todo, todo y todo.
¿Será cabrona?

Además, Clodomira está feliz porque tiene su descanso mensual de noche libre y se va con sus diecinueve primas a “tomar”, como ella dice.
No me extraña que tome, tiene que caer redonda…
Pienso que la pobre bebe con el fin de olvidarse de su señora y de semejante curro.

Pepita VII también viene a saludar. Me encantan los perros pero tengo que reconocer que este es horrendo y muy escandaloso. E intuyo que también se aburre.
Sí, habéis leído bien: horrendo y escandaloso. Pepita VII es macho. Victuar es así.

Clodomira le mete un buen puntapié y reina el silencio en el palacete.

Paso al salón de té donde me espera Victuar, espléndida como siempre. Vestida con ropa vintage, con su manicura francesa impecable, su recogido a lo Eva Perón y una pesada ráfaga de señorío. Bueno, o un aire.
Y me habla, y me habla, y me habla. Mi amiga es de muchísimo hablar, al estar siempre sola…

Y cuando Clodomira disfruta de su merecidísimo descanso mensual, ella siempre invita a alguien a su casa con la intención de pasar la tarde en compañía y, si es posible, también la noche.

Ella se pone el turbo y te cuenta TODO lo que ha visto en Tele 5 y todo lo mucho que ha leído en la prensa del corazón. ¡Para mí, festival del humor!
Es tele espectadora y compradora compulsiva. Creo que la “Galería del coleccionista” y “La tienda en casa” no existirían sin ella.

Mientras habla rememora viejas historias de cuando ella era la protagonista absoluta de todos los saraos de la jet set que tenían lugar en la capital. Yo siempre me pregunto qué coño hago ahí pero no me muevo. En realidad me gusta escuchar a Victoria Eugenia. Tiene carisma y una visión muy particular de las cosas. Y cuenta historias de su vida para aburrir. Es otro personaje. Mejor dicho: es ¡el PERSONAJE!

Clodomira aparece con todo preparado. Me mira y -¡cómo no!- me sonríe con esa hilera de perfección dental siempre visible.
Es de andar pausado, supongo que por el agotamiento. Demasiado que hacer en el palacete. Y si además de hacerlo todo, tiene que aguantar las interminables charlas de su señora, el cansancio se duplica o triplica.

Ella ya sabe que yo no tomo té, detesto las infusiones. Así que tengo mi cafetito solo preparado. Humeante y con un aroma delicioso.
Trae pastas como para un regimiento. Me pregunto si serán las mismas de siempre porque el caso es que me suenan. Y como nunca probamos nada ninguno de los dos…
Yo porque -como os he dicho- no me gustan y Victuar porque dice que el día que se vaya a la tumba quiere seguir teniendo ese aspecto inmejorable. La verdad es que la tía está fantástica.
(¿Quién cojones dijo que el dinero no daba la felicidad? ¡Pues que cierre el pico, joder!)

Clodomira está pletórica, se le nota en su rostro. Como ya os he contado, esta noche tiene reunión familiar. Así que nos sirve todo lo rápidamente que es capaz de hacerlo y se va en dirección a su habitación, a cambiarse. Tiene que caminar unos seiscientos metros hasta llegar a su mini dormitorio. Vivir en una casa palaciega es lo que tiene…
Bueno, esta es tan grande que es palaciega, palasorda e incluso palamuda. Que todas caben aquí.
Ahora que lo pienso, a lo mejor también parece tan agotada por esos paseos. ¡Qué trajín! Vete tú a saber.

Victuar me gusta porque nunca me pregunta ni cómo me llamo (obviamente, porque nos conocemos hace tantos años…) ni qué hago. Lo cual, dadas las circunstancias, mola mucho.
Eso sí, siempre me pregunta: “¿necesitas dinero?”. Espero que lo haga porque le sobra y no porque yo tenga pinta de necesitarlo.
Es tan generosa como suya. Es muy de regalar y muy de dar. Yo nunca me atrevo a decir cosas como: “anda, qué bonito es esto”, porque lo siguiente que se escucha es: “¡Clodomiraaaaaaa!” (los timbres y las campanillas no han sido inventados para Victuar. Ella es mas del “a pulmón”).
Y cuando Clodomira aparece ella dice: “prepare al señor una bolsa con el juego de candelabros del siglo XVII, los que están sobre la chimenea. Y envuélvalos bien que tienen un valor como para que se compre usted su propio país entero”. ¡Qué burra es!
Así que, ya me controlo muy mucho y digo lo de siempre, sin especificar: “hija, qué bonito y qué limpio lo tienes todo” (Esta alusión innecesaria a la limpieza es para que valore más a Clodomira, la pobre).

Victuar no ha parado de hablar desde que me he sentado. Menos mal que mi paciencia es infinita. Y menos mal que, aunque repite historias, las nuevas me entusiasman.
Pero yo siempre le ruego que me cuente la misma: aquella en la que pidió a su marido en su noche de bodas que se desnudara y se paseara en pelotas por toda la casa ataviado tan solo con un delantal. A Victuar siempre le gustó jugar. Y hacer pasar a su marido por la asistenta era algo que le gustaba sobremanera. Le trataba de manera despótica. Le pedía las ochenta mil insensateces con el fin de hacerle andar y ver cómo se le movían sus cosas bajo el delantal. Y le daba palmotadas en sus nalgas al aire, como hizo él con el servicio durante sus seis únicos meses de matrimonio.
Y Alfonso, encantado de jugar. Acordaron hacerlo los días 10, 20 y 30 de cada mes y así fue hasta que por caprichos del destino, la ingesta de melón se lo llevó.
El resto de los días, entre sandia y sandia, Alfonso se la pegaba con cualquiera del servicio de la casa pero -a su manera- ambos eran felices.

¡Pobre Victuar! Cuantos cuernos aguantó. A su marido no le faltó tirarse a ninguna hermosa y rolliza manchega que estuviera a su servicio.
Nunca llegaron a consumar el matrimonio.
Aunque ella lo cuenta con cariño y sin rencor alguno.
Incluso después de tantos años, se le escapan una o dos lagrimitas.

(ver continuación: Una pareja diferente. Hitorias de Victuar y Clodomira. Y también Pepita… – Parte III)

9 Comentarios

  1. Raul

    me encanta! 🙂

  2. Ali

    Jajaja,que bueno!!

  3. ana

    Simplemente…..genial!!!!!

  4. Tu Luchy

    Genial, como tú!

  5. Laura

    Por favor, no tardes con la III parte…!!!

  6. esther

    Magnifica historia…..la III?

  7. miryam

    Engachadísima! !!!!

  8. miryam

    Muero por la III parte!!!!!!

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