Una pareja diferente - Parte VIII | Lo que queda del dia

Una pareja diferente. (Historias de Victuar y Clodomira. Y también Pepita…) – Parte VIII

(ver anterior artículo)

…Y en ese momento supe cuán inmenso era el poder de seducción que Clodomira podía ejercer sobre un determinado tipo de hombres.

¡Caramba con la mosquita muerta!

 

Inmediatamente reconocí a Jacinto. Era el taxista que nos llevó a la López Ibor cuando le dieron el alta a Clodomira el pasado octubre, después del incidente por el que tuvo que ser ingresada: el de la fantástica y sofisticada cosmética de alto standing que -en un arrebato de mala hostia- le pidió Victuar que le comprara. Y el cual tuve la desgracia de tener que presenciar. ¿Lo recordáis?

Bueno, en realidad Jacinto fue quien nos llevó a la clínica, quien nos esperó durante todo el tiempo que Clodomira y sus primas invirtieron en abrir el enorme paquete de geles Chilly para la higiene íntima femenina, quien nos llevó al Corte Inglés para que Clodomira pudiese llevar a cabo su carísima venganza y, finalmente, quien nos devolvió a casa de Victuar más de tres horas después de habernos recogido.

 

Extendió su mano mientras me decía:

 

– “Un placer, Jesús. Clodomira me ha hablado muy bien de usted”.

 

Yo, aún boquiabierto, le estreché la mía contestando con un simple:

 

– “Igualmente, Jacinto”.

 

En ese momento, tenía en mi mente tantas preguntas que hacer que no sabia por cuál de todas comenzar, así que decidí que cualquiera de los dos fuera quien me informase de cómo habían llegado juntos hasta ese punto en el que se encontraban.

 

Entonces, como leyendo mis pensamientos, Jacinto comenzó a contarme que se fijó en Clodomira nada más entrar en el taxi, cuando se sentó a su lado. Me dijo que le gustó su aroma a jaboncito de lavanda, su largo cabello negro como el azabache y su estatura tan menuda y tan manejable. Pero, sobre todo, que quedó prendado de su sonrisa y de su tono de voz.

Y también me dijo que, además, cuando Clodomira pagó el importe que marcaba el taxímetro por más de tres horas (el cual ascendió a una cantidad absurda de tres cifras) pudo comprobar el suave tacto de su piel.

 

– “No piense mal, Jesús. Fue al darme la tarjeta de crédito con la que me pagó. Rocé su mano sin querer y cuando le fui a dar su recibo ya toqué a propósito, queriendo volver a sentir esas manos de seda”.

 

Por la cara que Clodomira tenía en ese momento, supe que se le acababan de caer las bragas y habían ido a parar al epicentro de la tierra, como disparadas por una fuerza sobrenatural. Pero yo ya estaba empezando a emocionarme porque a mí esas historias de amor me pierden. Aunque yo no podía -ni quería- imaginarme cómo un hombre de semejante envergadura y corpulencia y una mujer de apenas un metro cuarenta de estatura habían podido… en fín… que hubieran podido… ¡Ya me entendéis, coño!

En ese momento supe que ninguno de los dos había perdido el tiempo.

¡Ay! cómo son el amor y la pasión…

 

– “¿Le pido algo, Jesús?”, me interrumpió él, lo cual agradecí porque comenzaba a tener pensamientos obscenos imaginando el panorama.

– “¡Ay, Jacinto, qué pecado! No le llames Jesús. Es don Jesús, el amigo de la infancia de mi señora”, dijo Clodomira.

– “No se preocupe, Clodomira. Está bien”, dije yo.

– “Entonces, ¿le pido algo?”, volvió a preguntar Jacinto. “Yo voy a tomar otro sol y sombra. ¿Le apetece uno para celebrar?”

– “No, muchas gracias. Bebo poco alcohol y menos a estas horas. Quizá un café con leche”, contesté yo. Todavía no eran ni las doce del medio día. Yo había madrugado. Deduje que este tío, ya se habría tomado más de un brandy con anís cuando dijo “OTRO sol y sombra”. ¡Qué estómago! O qué afición al cóctel patrio.

 

Y se dirigió a la barra.

– “¡Y para mí un batido de chocolate!”, gritó Clodomira, que se había sentido ninguneada. ¿Quizá porque había sido ninguneada?

 

Aprovechando que estábamos solos, Clodomira me preguntó:

– “¿Qué le parece, don Jesús? Su opinión es muy importante para mí. Pero él me quiere y yo le quiero. Y mi situación en casa de doña Victuar ya no es muy buena desde que le informé de mi estado de buena esperanza, como le prometí a usted que haría.”.

– “Clodomira, si ustedes dos se quieren mi opinión es absolutamente irrelevante. Respecto a la reacción de Victuar, dele tiempo. Ya la conoce. Es muy impulsiva y cuando algo o alguien la contraría, saca la peor de sus leches. De la mala, la peor. Ya lo sabe. Y también sabe que ella la valora y la aprecia mucho. De eso estoy seguro. Sólo dele usted tiempo”.

– “Pero Jacinto quiere que me vaya a vivir con él, con su madre y con sus seis hermanas mayores. Ellos tienen un piso chiquito en Moratalaz”, se justificó ella.

– “¿Chiquito, Clodomira? La madre, seis hermanas, usted, Jacinto y la criatura. ¿Qué tipo de pisito es ese para diez personas? ¡Eso es un hotel!

– “Once, don Jesús. Once”, aclaró.

– “Perdone, Clodomira. Pero a mí me salen diez”.

– “Don Jesús, estoy esperando dos bebitos. Aún ni se lo he dicho al papá”, dijo ella con una sonrisa de oreja a oreja, de esas suyas.

– “¡Ay, por Dios, Clodomira! ¿Pero cómo dos? ¡Con lo diminuta que es usted!”. Automáticamente me sentí como un cretino por el comentario fuera de lugar pero ella seguía sonriendo y no le dio importancia.

“¿Que no se lo ha dicho todavía? ¿Y a qué espera? ¡Clodomira, que son dos bebitos!”.

– “Bueno, don Jesús. Mi Jacinto ya está acostumbrado a eso. Sus seis hermanas están organizadas en tres grupos de dos gemelas cada uno”, volvió a tratar de justificarse.

 

Pero yo seguía a lo mío:

– “¿Dice que todas sus hermanas tienen una gemela? ¡Por Dios! Qué buen abono tiene esa familia. Para frutos, los suyos. No hay duda.

 

Y aún así, con semejante panorama, ¿pretende irse a vivir al pisito de Moratalaz? Piénselo, Clodomira. Yo no se lo recomiendo. Mire, usted tiene trabajo y aunque es duro, Victuar le paga bien y puede vivir de sobra y enviar dinero a su país. No lo deje ahora, no es el momento.

Y -según me dijo usted- Jacinto hace muchas horas en el taxi. ¿Quiere estar sola todo el día rodeada de tres señoras con sus correspondientes fotocopias y la madre de todas ellas, a quienes apenas conoce?

En cualquier caso, ¿por qué no se van a vivir juntos? Pero ustedes dos solos. Bueno, ustedes y sus bebitos cuando tengan que llegar. Usted y yo ya sabemos que Victuar quiere una interna, pero estoy seguro de que entenderá su situación, aunque ahora esté muy enfadada. Déjeme hablar con ella. No puedo prometerles nada pero se me está ocurriendo algo que puede ser bueno para todos, incluida Victuar. Usted déjeme a mí…”

 

Jacinto se aproximaba a la mesa. Venia con la nariz más roja que cuando se fue a la barra. Seguro que había caído otro sol y sombra además del que traía. Para zanjar el tema, le dije a Clodomira:

– “Deje que sea yo quien hable con Victuar y con Jacinto antes de que lo haga usted. ¿Le parece?”.

– “Claro, don Jesús. Qué bueno es usted. Dios le bendiga”, me contestó.

– “Deje, deje,… No soy tan bueno, Clodomira. Lo que soy es imbécil y con tendencia a meterme siempre donde no me llaman nunca”.

 

Así, que nos tomamos el café, el sol y sombra y el batido de chocolate mientras Jacinto nos contaba anécdotas del taxi y Clodomira nos hablaba de sus primas, que son una pandilla que a mí me fascina. Y yo, oyendo pero sin prestar mucha atención, iba urdiendo mentalmente cómo enfocar el plan para que mi amiga Victuar no se sintiera traicionada.

 

Cuando terminamos nuestras consumiciones, y viendo la intención de Jacinto de pedir su -he perdido la cuenta- sol y sombra correspondiente (¡Lo que bebe este hombre y el aguante que tiene! Es perfecto para conducir un taxi. ¡Peligro inminente!), me anticipé y le pregunté:

– “Jacinto, ¿qué le parece si nos lleva a casa de Victuar? Necesito hablar con ella y quiero que ustedes dos estén delante cuando lo haga. Y también quiero hablar con usted. Pero vaya despacio que creo que me ha sentado mal el café”. Mi miedo era directamente proporcional al rojo cada vez más intenso de su nariz.

– “¡Ay, qué pena con usted, don Jesús! Aunque la señora no conoce aún a mi Jacinto, estoy segura de que no le quiere ver ni en pintura”, contestó Clodomira

– “¡Eso ya lo veremos!”, afirmé yo haciéndoles creer que tenía dominada la situación aunque, en el fondo, estaba bastante acojonado. ¡Menuda es Victoria Eugenia!

 

Y, en el taxi de Jacinto, nos dirigimos los cinco hacia el palacete. Cuatro delante y yo, solo, detrás…

 

(siguiente capítulo)

6 Comentarios

  1. Cristina Alises

    Esto se va pareciendo a “Falcon Crest” !!! Emoción, intriga… Deseando que llegue el lunes!!!

    • El De Asumendi ese
      El De Asumendi ese

      Cristina, cielo. Después de una frase como la de tu hija, no tengo por menos que provocar intriga y dolor de barriga.
      El lunes ya está encima.
      Besazos.

  2. Oye y ahora yo hasta el lunes, qué?. BSS

    • El De Asumendi ese
      El De Asumendi ese

      A esperar un poquito, Elena. Pero no mucho más, ¿eh? Que esto ya llega a su fin…
      Aunque estas mujeres amenazan con volver.
      Besazos.

  3. Maria Antonia

    Que interesante esta la cosa …. me encanta, pero menos mal que no me muerdo las uñas porque estaria llegando a los codos ya !!!! Besazos y pelluzquitos en los mofletes 🙂

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